Se nos volvió punky la esperanza: Anatomía del negro sobre blanco.

Se volvió punky responder. Decir algo, no sé. Eso de hablar cuando uno te escribe, y decir, gracias, luego te digo. Se nos volvió punky cuidarnos, comunicarnos con palabras, demostrarnos que existimos el uno para el otro simplemente por el hecho de respondernos. Se volvió punky pretender la amistad entre un hombre y una mujer, y nada más. Se volvió rebeldía y transgresión decir abiertamente lo que uno pretende y el otro no. Se volvió punky hablar claro sin dañar al otro. Se volvió punky hablar de lo que una siente, sin intentar arreglar al otro, sin preguntar inquisitivamente, y esto, ¿cómo va?

Se volvió punky soltar la crítica, el juicio, el resentimiento. Se volvió punky ocuparse de las necesidades propias y dejar de controlar las ajenas. Se volvió punky preguntar si necesitas algo antes de pedir, o incluso antes de exigir nada. Se volvió punky escribirnos entre nosotros, los que nos conocemos, los que podemos ayudarnos, y dejar de escribir a desconocidos como si nos debieran algo. Increpando, exigiendo, convenciendo. ¿Por qué no hacemos la punkarrada de ayudarnos entre nosotros, los que sí? Los que sabemos del pie que cojeamos.

Se volvió punky hacer negocios limpios. La integridad, buena intención y cuidado humano se volvieron rebeldía. Hoy es punky no engañar, crear con propósito de aportar algo de valor al mundo, y no de enriquecernos a la velocidad de la luz. Se volvió punky contribuir en función de lo que ganamos, se volvió punky ayudar a quien lo está necesitando, a quien ahora mismo, no puede contribuir, porque no lo está ganando. Se volvió punky crecer despacio, se volvió punky querer escalabilidad únicamente si lo que aportamos, es de ley. De ley humana, social y medioambiental. Es punky buscar la abundancia para todos y no solo la propia, es punky ayudar a los demás en su carrera profesional en vez de ondear las medallas propias por encima de las de los demás. 

Se volvió punky saber que sin ti, no soy nada. Que sin vosotros, sin nosotros, nadie existe por sí solo. Se volvió punky hacer transparentes las cuentas, vender sin maquillaje financiero, ser conscientes de nuestras carencias, y buscar ayuda.

Buscar ayuda se volvió demasiado punky. Buscar ayuda es decir no sé, ayúdame. He tocado fondo. Es rendirse y comprender que no nacimos en el Olimpo de los Dioses, sino en la vulnerabilidad de no saberlo todo, de no poderlo todo. La vulnerabilidad es la cima del punkarra, es dejar de pretender la fortaleza inventada y trabajar con consistencia los lazos que nos unen a los otros. Es bajarnos del parque de atracciones del consumo y la horterada de vivir por encima de nuestras posibilidades, y preguntar: ¿necesitas algo?

Qué rosa más punky se volvió parar. Respirar mirando al mar, dejar de producir durante diez minutos, solo diez minutos.

Dejar de demostrar: no ser nada más que una respiración, y otra respiración. Diez minutos y nada más.

Es punky no buscar la validación afuera y encontrar ayuda si no somos capaces de amarnos tal y como somos. Es punky reconocer la sabiduría de los niños, valientes desde que nacen reconociendo que son únicos y excelentes por el mero hecho de haber nacido. Es punky vivir en el presente, meter los pies en el barro, sentir el olor, la humedad, el asco. Y soltar.

El amor se volvió punky. Amar la vida y tener esperanza porque en algún momento, las cosas irán mejor. Porque las cosas no nos pueden ir tan canallas todo el tiempo. Porque la bondad es punky y en algún momento hay que levantarse creyendo que los punkis bondadosos se despertarán algún día exigiendo paz, bienestar, calma. Se volvió punky el interés. Sí, el interés por la vida, el interés por el cuerpo desnudo, la curiosidad por recorrer con nuestras manos el cuerpo desnudo de la persona que amamos. Con nuestra lengua, con nuestro asombro. Se volvió punky reconocer la existencia del otro, con nada más que nuestra atención.

Atender. Atender a lo que estamos haciendo es subversivo. Implica entrenamiento, salida del piloto automático, desarrollo de conciencia y movimientos fisiológicos para los que seguramente, no estamos preparados. Para los que, seguramente necesitamos pedir ayuda a quién ya estuvo ahí. Estuvo ahí, y ya salió.

Ejercer la rebeldía de poner atención nos premia con placer punky, sonrisas honestas, cuerpos en flor. Nos premia con la sorpresa de encontrar la maravilla que es el cuerpo del otro. El cuerpo del otro desnudo bajo el tacto de nuestros labios. Nos premia dándonos cuenta de que ese momento no volverá a repetirse; y es una responsabilidad muy punky honrar el momento, honrar el cuerpo, y también el alma. Honrar las emociones que se conectan a través de hilos invisibles desde mi corazón al tuyo, desde tu corazón al mío. 

Se volvió muy punky descansar. Se volvió aún más punky decir que estoy descansando, todo lo que necesito, todo lo que mi cuerpo me está pidiendo. Se volvió muy punky dejar de opinar sobre lo que no sabemos, y todavía más punky querer aprender sobre lo que no sabemos. Se volvió punky pagar por aprender y dejar la copa de balón para otro rato. Se volvió punky confiar en que esa persona puede enseñarme algo, aunque ese algo no me sirva para producir, sino para ser feliz. Se volvió punky apoyar con un comentario amable, un compartir, un enviar eso que te puede ayudar en este momento, y se volvió punky dejar de compartir aquello que no aporta, dejar de apoyar lo que no suma, dejar de apoyar por miedo a no ser el pelota, a no estar en la pomada del pasillo del privilegio.

Se volvió punky comer despacio. Y comer bien. Se volvió punky comer cuando tenemos hambre, cocinar, saber el origen de nuestros platos. Se volvió punky ser consciente de todo lo que tuvo que suceder para que ese alimento llegara a nuestro plato. Se volvió punky ser consciente del privilegio que supone tener comida en la mesa, se volvió punky usar la palabra “pobreza” para los pobres y no para la clase media. Se volvió punky compartir comida, invitar a agua y patatas al horno con sal y pimienta.

Se volvió punky bailar. Reconocer el movimiento del cuerpo, explorar el cuerpo y sus formas, sus ritmos, innovar desde el interior eso que me cuenta el cuerpo, eso que mi cuerpo necesita gritar bailando. Se volvió punky ignorar las coreografías, las modas del movimiento corporal, el automatismo de la carne. Se volvió punky la escucha. Se volvió punky explorar nuestra verdad en forma de movimiento, soltar la mente. Eres un punkarra si le enseñas humildad a la mente, si le dices a tus razonamientos aprendidos, esos que crees únicos y universales: espera, esto no tiene por qué ser cierto, solo estoy reaccionando. Soy punky porque enseño que nuestras mentes son carentes y necesitamos enseñarle a la razón de nuestro intelecto la necesidad de ser humildes, de soltar el automatismo del pensamiento importado. Es imposible saberlo todo, saber eso: eso a lo que tu mente tanto se aferra. Es punky saber que es imposible continuar con salud mientras colocamos en un pódium al pensamiento heredado del que vive en privilegio.

Es punky decir basta. Es punky dejar de hablar con un familiar. Es punky dejar de alimentar bolsillos ajenos con nuestro esfuerzo. Es punky no tener sexo antes que tener mal sexo. Es punky tener buen sexo, pedirlo, enseñarlo. G-o-z-a-r-l-o. Es punky decir deseo esto, y saber que nuestros deseos pueden ser rechazados. Es punky atenderse el desamparo del rechazo, el abandono, la traición. Y soltar la necesidad de que el otro cambie. Es punky quitarse el traje de víctima, dejar de manipular a los demás con nuestra pena, con nuestra desgracia y drama. Es punky hablar de salud y dinero, es punky entender que nada está dado por hecho. Que el mundo fue injusto desde sus inicios y que solo la rebeldía punky de exigir derechos, palabra, igualdad, es lo que nos llevará a un caos menos frenético, menos voraz.

Es muy punky escribir esto. Es muy punky usar la palabra, seguir confiando en ella, escribir a pesar de todo. Es punky confiar en que las palabras, escritas en color negro sobre fondo blanco serán capaces de transformarnos. Es punky seguir confiando en el contenido de lo que escribimos sin necesidad de convertir nuestros textos en árboles de Navidad llenos de emojis. Es tremendamente subversivo escribir sin querer gustarle a los algoritmos. Confiar en que lo que decimos sea capaz de aportar algo tan bello a nuestra existencia, que sean las manos voluntarias de amor, las que decidan compartir el contenido. Ya dije que es muy punky compartir solo aquello que va a aportar bien común. La palabra somos todos.

Es muy punky dejar de retorcer la realidad y ver esto: que solo hay esto, y esto otro. Es de un rojo punky y también negro, dejar de manipular el mensaje, interno y externo, y ver con claridad eso que está sucediendo. Es punky preguntarse: ¿puedo hacer algo? Si no puedo, ¿puedo no hacer algo? Es punky dejar de buscar protagonismo con discursos insulsos, manipulativos, intereses disfrazados de buena voluntad. Es punky tratarse a uno mismo antes de querer ayudar a los demás. Es punky no creerse líder si los que me siguen son súbditos y no personas libres. 

Es punky dejar a los demás en paz. Encontrar la libertad interior y saber que solo en libertad puede florecer el amor, el liderazgo, la sabiduría. Solo en libertad podremos saber si los aplausos son honestos, los besos surgen del corazón y la sabiduría nace del interior y no del ego. Solo en libertad puedo hacer la punkarrada de reconocer que el otro es distinto a mí, y por eso mismo, su talento merece mi respeto, no mi adoctrinamiento, ni mi permiso para existir. En libertad cometeremos la gran rebelión de encontrar aquello que nos hace únicos, aquello que nos empuja hacia la bondad genuina, la prioridad del grupo sobre el individuo, la batalla del yo, aniquilada. La triunfante certeza de saber por qué hacemos lo que hacemos, y no únicamente hacer lo que hacemos porque así se hizo, así se dijo

Se volvió punky limpiar lo que ensuciamos. Consumir menos de lo que nos gustaría. Hacer el esfuerzo de no manchar, no gritar, no llevar basura. Se volvió punky sentir el dolor de la Tierra en nuestros corazones, se volvió punky buscar el aire limpio, las aguas libres, las montañas felices. ¿Limpias, libres, felices? Sí, libres de nosotros. 

Se volvió punky dejar de someter la tierra que pisamos a nuestros caprichos inconscientes. Se volvió punky dejar de vernos tan inocentes en eso de cuidar la tierra que nos sostiene, y pedir: pedir que dejen de mentirnos, de ignorarnos, de manipularnos. La punkarrada de cuidar de la tierra no debió ser nunca tan punky, sino un deber antiguo y eterno.

Se volvió punky no querer aprovecharse de la necesidad del otro. De la ignorancia del otro. Del dolor del otro. Se volvió punky comprender que no siempre se gana, y todavía más punky es agradecer que no ganemos siempre. Es punky dejar de forzar, dejar de culpar al otro, comprender más allá de nuestra limitada experiencia. Se volvió punky ofrecer condiciones justas, ser flexibles, pacientes y mantener la consistencia en el tiempo. Se volvió punky no jugar al ahora te amo, ahora te odio, ahora te repelo. Se volvió punky tener relaciones sexuales dos veces con la misma mujer. Sí, es punky desear al otro una y otra vez, sin pretender usarlo y tirarlo. 

Es punky dar el tiempo necesario para conocer, explorar, sentir placer. Es punky dedicar tiempo. Es tremendamente punky ser consciente del tiempo. Honrar la dedicación cariñosa, sobre la acumulación de vacíos compensatorios. Qué punky es pedir lo que ofrecemos. Qué punky es dejar de pensar que exigimos demasiado, y qué punky es decir lo que esperamos del otro, y estar dispuestos a marcharnos cuando el amor no hace el camino de vuelta que anhelamos.

Nos volveremos todavía más punkis el día que elijamos el amor sobre el odio, la colaboración sobre la competencia, la ayuda sobre la exigencia, la verdad sobre la máscara. Seremos punkis eternos si tomamos conciencia de todas las personas que heredarán nuestras faltas, que tendrán que enmendar todo eso que no fuimos capaces de ver, que tendrán que inventar un lenguaje de vida nuevo para reparar el circo esquizofrénico que les dejamos en herencia estructural. 

Se volvió punky dejar de correr mientras la verdad de nuestra vida nos persigue, dejar de correr, pararnos y decir, sí, no te he escuchado, dame otra oportunidad, necesito ayuda. Se volvió muy punky usar más todo eso que nos cura (la música, los abrazos, la naturaleza) y limitar lo que, sin darnos cuenta, nos aprieta (la avaricia, los vicios, las apariencias).

Se volvió punky perdonar. Se volvió punky tener la esperanza de que algún día, cuando nuestro corazón esté listo, nuestro cuerpo se abrirá de ternura, la mente soltará su afán y el espíritu dirá: estoy en paz. Será punky el día en que seamos capaces de perdonarnos por todo lo que nos hemos hecho, por todo lo que les hemos hecho a los que vendrán, y por todo lo que nos hicimos a nosotros mismos. Es punky reconocer que el mayor dolor nos lo causamos nosotros mismos, y será punky el día en que nos podamos perdonar por no honrarnos. Por dejar que nuestro valor esté en manos de los otros y no en la sencillez de escuchar nuestra propia respiración y decir: oh, estoy viva, estoy vivo. No hay mayor dolor que el de ignorarnos a nosotros mismos, ¿podremos cometer la revolución interna de perdonarnos?

Y eso que le hicimos a los otros. Cuánto daño hicimos a los otros sin darnos cuenta, y a veces… Dándonos cuenta, también. Pero es que en ese momento no éramos punkis emborrachados de amor, solo éramos humanos. Podremos tornarnos un poco más punkis cuando nuestro corazón descanse en el perdón propio de saber que hicimos daño al otro, y que nunca es tarde para iniciar el proceso de perdonarnos. Qué punkis seremos cuando enviemos y recibamos esos mensajes pidiendo ayuda, disculpas, ofreciendo lo que tengamos: abundancia, contactos, ideas, apoyo… Un mundo lleno, llenito de punkis que se ayudan, que se alimentan, que se perdonan, que se saben humanos imperfectos con capacidad de herir y también de amar.

Seremos punkis cuando podamos ver la verdad de lo que hemos hecho y decir: basta, puedo elegir. Seremos punkis cuando el amor se torne norma, la honestidad bandera y la generosidad sea el escudo con el que protegernos de la lluvia y no de la guerra.

Qué punkis seremos entonces.

Es posible que todo esto que yo anhelo no se haya tornado punky. Es posible que solo yo me haya hecho un poco más punky, un poco más sensible, un poco más ancha y espatarrada. Es posible que sea yo la que esté exigiendo demasiado y que el mundo haya sido siempre así de plano. 

Es posible que solo sea yo la que transforma la tristeza en palabra y se atreve a darle al botón: publicar ahora. Todo esto es posible porque al fin y al cabo solo soy humana, porque todavía intento aprender a vivir, y estoy casi, casi a punto de soltar la necesidad de hacer lo correcto todo el tiempo, porque estoy a punto de dedicarme a vivir este momento, y este, y este, sabiendo que las semillas de mi buena voluntad darán sus frutos sin buscarlo.

Porque se volvió punky sembrar sin controlar el resultado.

Cuando estemos listos, podremos perdonarnos.

Se nos volvió punky la esperanza del cultivo, de la siembra, del momento justo.

Jezabel Hernández Valenzuela.

Lunes, 30 de junio, 2025.