Solos los tres

    Mi encargado en el garito me agarró del pelo y dándome una palmada en el culo me empujó hasta el almacén. Me quitó la camiseta, me sacó la teta por encima del sujetador y me mordió el pezón presionando con la lengua. Me subí la falda y le desabroché el pantalón.

    Se corrió. Yo fingí que me corría.

    —¿Te ha gustado? —me preguntó mientras se abrochaba el pantalón.

    —Claro —respondí y me bajé la falda. Me agaché para recoger mi camiseta del suelo.

    —No lo parece —me dio otra palmada en el culo.

    Los hombres saben cuando te han echado un polvo de mierda. Solo que prefieren no seguir preguntando para no dañar su ego. Y en realidad es mejor que la conversación no continúe. Salimos del almacén. Cogí el bolso y el abrigo y salí del garito. “Hasta mañana”, le dije y cerré la puerta.

    De camino en el coche pensaba en la conversación que había tenido por la tarde con Paco, mi marido. Hacía tres años que él estaba en el paro y no conseguía encontrar trabajo. Cuando  Paco dejó de cobrar el paro, busqué otro trabajo los fines de semana para poder mantenernos.

    —¿Has podido hablar con mi cuñado? —le pregunté aquella tarde a Paco.

    —Sí cariño —respondió— pero no vale la pena. Me pagan 35 euros por un día entero de trabajo, entre lo que gasto en gasolina y la comida, no me queda nada —. Cogió el mando de la televisión y la encendió.

    —Ya, claro. Lo entiendo —mentí.

    —Y solo serían un par de días a la semana. Es absurdo.

    Lo absurdo era que yo trabajara de lunes a viernes en la oficina y los viernes y sábados hiciera 20 km hasta aquel garito de mierda para ganar un sueldo extra. Pero no podía permitir que a mis dos hijos les faltara de nada. No quería que pensaran que éramos pobres. Eran demasiado pequeños para comprender lo que es ser pobre.

    Llegué a casa y no tuve el valor de acostarme en la cama con Paco. Me di una ducha y entré en la habitación de los niños. Me acurruqué en la cama con Pablo y me quedé dormida abrazándolo.

    Al día siguiente volví al garito a trabajar. Pedro, el encargado, pensó que aquella noche también se ahorraría pagar a una puta después de cerrar el bar. Le dije que estaba casada, que no podía volver a ocurrir.

    —¿Y anoche? ¿Anoche no te acordaste de que estabas casada? —gritó.

    Tenía una cara de cerdo… Solo me lo tiré por rabia. Porque no soportaba más estar manteniendo a Paco a cambio de nada. Ni de amor, ni de sexo. Tener a Paco en casa sin trabajar era como tener otro jefe más: “Carmen, ¿has planchado mi camisa?”, “Carmen, ¿dónde están mis pastillas? ¿Otra vez te has olvidado de comprarme las pastillas?”, “Carmen, ¿dónde está mi espuma de afeitar?” No sabía hacer nada solo.

    La semana siguiente me despidieron en el bar. Pedro le dijo al dueño del garito que me había pillado robando. Nunca había robado un céntimo en mi vida, pero me sentí aliviada. Por fin yo tenía una excusa para no trabajar los fines de semana en aquel bar de mierda.

    Le dije a Paco que me habían despedido porque obviamente ya era demasiado mayor para ese tipo de trabajos: “¿Has visto las chicas que están de camareras por la noche? Tienen veinte años menos que yo y no les cuelga nada. Mírame a mí, anda. Es normal.”

    Paco no me dijo nada pero salió de casa y fue a buscar al dueño del local. “Nadie despedía a su mujer por vieja y fea. Quién coño se creía que era”, me contó más tarde. Cuando llegó a casa, abrió la puerta del salón y dio una patada a la silla.

    —¿Cuándo pensabas contarme que robabas en el garito? ¡Te han echado por ladrona! ¡Hija de perra! Dime, ¿cuánto dinero te has llevado? ¿Te lo has guardado? Seguro que te lo has gastado en mariconadas.

    Paco manejaba todo el dinero en casa. Bueno, todo, excepto lo que me daba mi madre y que nunca le conté. Intentaba guardarme todo el dinero que podía a escondidas. A veces hacía la compra en el supermercado del barrio porque allí no me daban ticket. El señor me daba un papelito escrito que yo falsificaba. Sabía que algún día reuniría el dinero suficiente para divorciarme. Y  entonces estaríamos solos los tres. Quizás también me echaría un novio, pero solo para los ratos libres, de esos que te vienen a recoger a casa, te llevan a cenar, una copa, un baile, un polvo y después cada uno a su casa. Mis hijos, mi trabajo y mi casa serían solo míos. No lo volvería a compartir con ningún hombre. Nunca. Y menos con uno que no fuese el padre de mis hijos.

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