No somos italianos

Carla solo tenía 16 años cuando se enamoró de aquel adolescente italiano. Los padres de Carla eran valencianos pero se mudaron a Ibiza cuando ella tenía tres años. Era principios de junio y empezaba a hacer calor. Como cada viernes por la tarde, Carla salió con su grupo de amigos a un bar de la zona de Sant Carles. Fue allí donde vió por primera vez a Luca. Él bajó de la moto, se quitó el casco, entró en el bar, intercambió dos frases con un amigo de Carla y se marchó. Era alto y delgado, con ojos pequeños rasgados y la piel muy morena.

Cuando lo vio entrar y acercarse a Vicente, el amigo de Carla, deseó que se quedara más tiempo con ellos. Pero se marchó tan rápido como había llegado. No era frecuente ver caras nuevas por los lugares que iba Carla. Y menos alguien como Luca. Él tenía el rostro añiñado, pero su mirada y su forma de caminar no eran los de un niño.

—¿Quién es? —Le preguntó Carla a Vicente.

—Luca, un amigo. Bueno, un conocido. —Respondió Vicente.

—¿Es italiano?

—Sí. —Dijo, y se dirigió a la barra para pedir una cerveza, dándole la espalda a Carla.

Ella quería preguntarle de qué lo conocía, dónde vivía, qué le había dicho… Pero entendió que Vicente no quería hablar más sobre aquel chico. Por las noches en su cama recordaba la sombra de Luca bajando de la moto y entrando en el bar con el casco en la mano. Ella lo seguía con la mirada, pero él solo buscaba a Vicente. Cuando Luca estaba a punto de salir por la puerta, se daba la vuelta y con paso firme caminaba hacia Carla, la cogía por la cintura y la besaba mirándole a los ojos, acariciándole todos los rincones de su boca con la lengua. La movía despacio. Muy, muy despacio. Así se masturbaba cada noche, pensando en él durante semanas.

Junio estaba a punto de terminar y Carla no había vuelto a ver a Luca. Tampoco se atrevió a preguntarle a Vicente. Sobre todo porque Carla había empezado a quedar con Ramón; un amigo del grupo y el mejor amigo de Vicente. Ramón no era feo, pero no era el tipo de adolescente que hacía temblar a las chicas. Carla, a pesar de saber que contaba con una belleza angelical, sabía que su timidez jugaba en su contra a la hora de ganarse a los chicos más guapos. Por lo que, cuando Ramón la invitó a dar un paseo por la playa, ella aceptó sin sobresaltos.

Era viernes por la tarde. Los amigos de Carla ya estaban en el bar de Sant Carles. Ella llegó más tarde. Cuando entró saludó a todos rápidamente y se fue al baño. Al salir se dirigió a la barra para pedir una bebida. Ramón se acercó, le puso la mano en la cintura y le dio un beso. Le metía la lengua a golpes bruscos e intermitentes. Carla odiaba los besos de Ramón. Ella siempre intentaba hacer círculos con la lengua. A veces Ramón le seguía el movimiento, pero no duraba mucho, al cabo de unos segundos él volvía a meter y sacar la lengua a golpes.

—¿Qué haces? —Dijo Carla apartándole.

—Besarte. Eres mi novia, ¿no? —Respondió Ramón, cogiéndole de la mano.

—Te he dicho mil veces que no me beses aquí. El camarero conoce a mis vecinos. Si mis padres se enteran…

—Perdóname pequeña, —dijo poniendo morritos— es que te he echado tanto de menos… ¿Dónde has estado estos días?

—Han venido mis tíos de vacaciones y he tenido que estar con mis primos.

—A ti te pasa algo, ¿seguro que han venido tus tíos? Estabas rara por Whatsapp.

—Sí, Ramón. No soy una mentirosa. Mis tíos han estado aquí. Pero tú también podrías intentar escribirme menos —le soltó la mano y cogió la bebida de la barra. Se dirigió a la mesa donde estaban sus amigos.

—Oye, ¿estás enfadada? —Dijo él cogiéndole del brazo.

—Ramón, ¡por Dios! —Se dio la vuelta hacia él— déjame en paz un ratito.

Ramón la soltó del brazo y se fue al baño. Cuando salió se despidió de los amigos y se fue. Carla hablaba con su amiga Teresa y ni siquiera le prestó atención. A los diez minutos recibió un Whatsapp de Ramón: “trankila que ya te dejo en paz”. Ella respondió: “olvídate de mí, no me escribas más”.

—Tía, qué mala eres con Ramón —le dijo Teresa a Carla.

—No soy mala, Tere. Es que es muy pesado —dijo Carla acabándose la Coca-Cola.

Salieron todos del bar. Los más mayores fueron al supermercado a comprar alcohol y el resto esperaron en la parte más oscura de la playa, donde siempre hacían los botellones. Carla estaba sentada en una roca mirando hacia la carretera. Fumaba un cigarrillo. Vio la luz de dos motos acercarse. Eran tres chicos. Se pararon enfrente de ellos y se quitaron los cascos. Uno de los que conducía una de las motos era Luca.

—¿Habéis visto a Vicente? —Dijo el chico que iba detrás en la moto con Luca.

—Está en el supermercado —respondió Teresa.

—¿Vamos a buscarle?—dijo el que conducía la otra moto, mirando a Luca.

—Estará a punto de llegar. Yo creo que es mejor que le esperéis aquí—dijo Carla.

Se bajaron de la moto. Se sentaron con ellos y empezaron a charlar con los chicos. Teresa le pidió a Carla que le acompañara a mear. Se escondieron detrás de un árbol.

—Tía, me gusta el de la camiseta roja. Creo que se llama Francesco—dijo Teresa bajándose los pantalones.

—Es muy guapo. —Carla dio gracias a Dios que Teresa no se había fijado en Luca. Los chicos adoraban su desparpajo. Y sus tetas grandes también.

—Y a ti, ¿cuál te ha gustado? —se subió los pantalones.

—¿A mí? Ninguno, no seas tonta.

—¡Anda! Que a mí no me engañas, que te he visto cómo mirabas al alto —rió.

Vicente y el resto de los mayores ya habían llegado. Estaban abriendo las botellas y las bolsas de cubitos de hielo. Carla se acercó, cogió un vaso de plástico, metió dos cubitos de hielo y un poco de ron. Buscaba la Coca-Cola entre las bolsas pero no la encontraba.

—¿Quieres Coca-Cola? —Le dijo Luca.

—Claro —respondió Carla— quería seguir la conversación pero no sabía cómo —entonces, ¿sois italianos? —se maldijo por decir algo tan obvio.

—No, tesoro. No somos italianos, somos napolitanos—dijo Luca muy serio.

—Ah, pensé que era lo mismo —dijo Carla mirándole a los ojos con el cuello inclinado hacia arriba.

—No tienes ni idea de dónde está Nápoles, ¿verdad? —sonrió.

—Mmm… —musitó sonrojada— es cierto, no sé dónde está.

—Tonta, —rió— no te preocupes. Estoy de coña—le pellizcó la mejilla—. Ven, que te enseño dónde está en Google Earth.

Luca sacó un Iphone 6 del bolsillo. Carla se mordió el labio. Se acercó a él para ver la pantalla del móvil. Luca le enseñó las calles de Salvator Rosa, el barrio en el que vivía en Nápoles. Tenía 19 años y hacía tres que se había mudado a Ibiza con sus dos hermanos mayores. Trabajaba en una tienda de alquiler de coches en la zona de Platja d’en Bossa, al otro lado de la isla.

—¿Te gusta Platja d’en Bossa? —le preguntó Carla.

—Claro, es divertido. En invierno no hay nadie, pero en verano hay un montón de gente. Y de fiesta. —Sonrió.

—Yo nunca he ido por la noche.

—¿Te gustaría ir?

—Claro, pero mis padres no me dejan. Dicen que es peligroso por la noche.

—Los padres dicen muchas cosas. ¿Tú te crees todo lo que dicen?

—No sé. A veces. —se apartó un mechón de pelo de la cara y se lo puso por detrás de la oreja.

—Bueno, en eso tienen razón.

—¿En qué?

—En que Platja d’en Bossa es un sitio peligroso para una niña como tú— dijo Luca quitándole el mechón de pelo de detrás de la oreja.

—¿Una niña como yo? —Dijo frunciendo el entrecejo.

—Oh, no te lo tomes a mal, tesoro. —respondió, peinándole las puntas del pelo con los dedos.

—¡Luca! Ven aquí. —gritó Francesco.

Luca se acercó a Francesco y el resto de chicos, sacó del bolsillo un trozo de hachís. Se sentaron todos en la arena. Bebieron, fumaron, rieron… Carla estaba sentada enfrente de Luca. Era la posición ideal para mirarlo, pero estaba demasiado lejos para mantener una conversación a solas con él. Teresa estaba sentada al lado de Luca. Carla miraba las rodillas de Teresa, que cada vez que se reía, se balanceaba hacia el lado de Luca, rozando sus rodillas con las de él. Teresa sacó el móvil y puso música.

—¡Chicos! Vamos a bailar —dijo Teresa levántandose. Se quitó la arena de las piernas y cogió a Luca por el brazo.

—Venga, sí. ¡Todos! —dijo Luca animando al resto.

Carla se levantó, cogió el vaso y metió un cubito de hielo medio deshecho. Miró a Teresa que bailaba con Luca. Le cogía por el cuello. Carla acabó de prepararse el ron con Coca-Cola y se quedó plantada mirando cómo bailaban.

—¡Carla! ¿No bailas? —dijo Francesco gritando.

—Carla está triste porque Ramón no ha venido. —dijo Vicente riendo.

—¿Y tú qué sabrás, imbécil? —respondió Carla.

—Uuuh… Carla, no te enfades. Baila conmigo. — dijo Francesco. La cogió por la cintura y empezó a bailar con ella.

—¿Por qué no bailas con Teresa? —dijo Carla y miró a Luca de reojo que bailaba con Teresa agarrándole de la cadera— ella lo hace mucho mejor que yo.

—Yo creo que Teresa está bien con Luca. —Rió.

Carla agarró a Francesco por el cuello. Bailaron todos descalzos sobre la arena. Bebieron unos cuantos cubatas más. Fumaron algunos porros. Rieron tumbados mirando al cielo.

—Yo tengo que irme ya. —dijo Carla.

—Tía, quédate un rato más —replicó Teresa.

—No puedo. Nos vemos mañana. —dijo Carla marchándose.

—¡Espera! —gritó Luca— ¿te vas sola a casa?

—Está aquí al lado —gritó Carla que ya estaba a la altura de la carretera.

—Da igual, te llevo con la moto —Luca corrió hasta ella.

—No hace falta. —caminaban juntos, ya apartados del resto del grupo.

—¿Qué pasa? ¿Te da miedo ir en moto?— se puso el casco y le ofreció el otro a Carla.

—Qué va. He ido en moto mil veces. —dijo ella cogiendo el casco. Se lo puso y se subió en la moto.

Luca condujo despacio, siguiendo las indicaciones de Carla para llegar hasta su casa. Ella le pidió que le dejara en la esquina de la calle. No quería que sus padres la vieran llegar en la moto con un desconocido. Se bajó y se quitó el casco. Luca también se lo quitó.

—Gracias —dijo Carla.

—Entonces, ¿vamos mañana a Platja d’en Bossa?

—¿Quién?

—Tú y yo.

—¿No decías que era peligroso para una niña como yo?

—No, si vienes conmigo —la agarró de la cintura acercándola hasta él— yo te cuido —la besó— te lo prometo.

—Mmm… Vale. —Sonrió— ¿Quedamos a las ocho?

—¿Quién es Ramón? —dijo Luca apretando los labios.

—Un amigo. —se puso seria— Del grupo, ¿sabes? Y el mejor amigo de Vicente.

—¿Y tuyo?

—Mío ya no es nada.

—Bien. —le dio un pellizco suave en la espalda y la volvió a besar, moviendo la lengua despacio, acariciando todos los rincones de su boca. Acabó el beso mordiéndole el labio inferior suavemente. —Te recojo mañana a las ocho.

Carla se fue a casa corriendo. Le temblaban las piernas. No sabía si era por el alcohol o por los porros. O las dos cosas. Quizás los nervios, ¿o era emoción? Se tumbó en la cama y empezó a tocarse como había hecho durantes las últimas semanas. Pensando en la lengua de Luca haciendo círculos suaves. Pensando en aquel mordisco que Luca le dio en el labio inferior. Un mordisco que no había logrado imaginar, ni en el mejor de sus orgasmos anteriores.

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