Enséñame tus arruguitas

Laura y Carlos estaban en la habitación 202 del hotel en el que se veían todos los martes y jueves al salir del trabajo. La habitación estaba decorada en tonos blancos y grises. “Es muy impersonal”, solía decir Laura. “Sí, pero ya sabes que es nuestra mejor opción”, le decía Carlos.

Él tenía 43 años y llevaba veintiún años casado. Tenía dos hijos. Era un hombre corpulento, de pelo blanco y moreno de piel. Ella tenía 24 años, de rostro añiñado. Tenía los ojos pequeños y rasgados y el pelo negro, muy largo.

Se conocieron siete meses atrás en una entrega de premios que organizaba la empresa de Carlos. Ella asistió como invitada para presentarlo y desde que se vieron en la sala VIP, estuvieron buscándose el uno al otro con la mirada. Hasta que él finalmente se decidió a invitarla a comer.

Laura estaba tumbada en la cama. Fumaba un porro de marihuana mientras le acariciaba el pelo a Carlos. Él la miraba mientras daba pequeños sorbos a su vaso de whisky con hielo.

—Se te hacen arruguitas en los ojos —Le dijo Laura.

—¿No te gustan? —Respondió Carlos.

—Me encantan —Rió.

—Anda, di la verdad, piensas que estoy viejo.

—Para nada. —le estrechó la nariz— ¿Sabes lo que leí esta mañana?

—A ver, cuéntame gordita —se recostó en la cama.

—Que hay una forma de saber si la alegría de una persona es real cuando se ríe, o es fingida.

—Ah ¿sí? ¿Y cómo es eso?

—Si no se te forman arrugas al lado de los ojos, es que estás fingiendo.

—Entonces debo de ser muy feliz, mira mis patas de gallo.– Sonrió.

—Vaya, ¿eres feliz? —dijo dejando el porro acabado en el cenicero.

—Claro que lo soy.

—¿Cuando estás conmigo?

—Por supuesto, si ya lo sabes gordita.

—¿Y el resto del tiempo? —dijo mirando hacia la ventana.

—Ey, mírame —le acarició la mejilla acercándola hacia él. Ella se miraba las manos—. ¿A qué vienen tantas preguntas?

—A nada. Solo es curiosidad—. Dijo levantando la mirada.

—Eres demasiado curiosa para tu edad— le besó.

—Me gusta entender a la gente.

—Yo creo que lees demasiado. Deberías salir con tus amigas, eres joven. Baila, diviértete…

—¿Crees que no lo hago?

—A mí nunca me cuentas cosas así.

—Que no te lo cuente no significa que no lo haga—. Le sacó la lengua de forma juguetona.

—Vaya, vaya. Así que la niñita tiene una vida paralela que no me cuenta.

—¿En serio quieres que hablemos de vidas paralelas? —se levantó de la cama, cogió la botella de whisky y le llenó el vaso a Carlos.

—¡Oh, oh! No te pongas seria que se me van las arruguitas de los ojos y según tú, son la clave de la felicidad—. Le agarró de la cintura y la tiró en la cama. Comenzó a besarla por el cuello, los pechos, el ombligo…

Follaron.

Laura se levantó de la cama. Cogió la marihuana, se sentó en la cama con las piernas cruzadas mirando a Carlos y empezó a hacerse un porro.

—¿En qué piensas gordita? —dijo Carlos tocándole los pies.

—¿Tú crees que se puede ser feliz sin arruguitas en los ojos? —respondió Laura.

—Claro, Laura.

—Según el estudio que yo he leído, sin arruguitas no hay felicidad.

—Yo creo que tu estudio habla de alegría. La felicidad es otra cosa.

—No estoy de acuerdo—. Dijo encendiéndose el porro.

—Eres demasiado joven para entenderlo.

—Odio cuando dices eso.

—¿El qué?

—Que soy demasiado joven para entender esto y lo otro y lo de más allá. Te pones en plan padre y lo odio.

—Si te paras a pensarlo, podría ser tu padre.

—No te hagas el viejo. Solo nos llevamos 19 años—. Dijo recogiéndose el pelo con una pinza.

—¿Solo? ¿19 años te parecen pocos? —cogió el vaso de whisky y dio un sorbo.

Laura dejó el porro en el cenicero, le cogió el pene y empezó a lamerlo.

—Acabo de correrme, no se me va a poner dura, Laura. —le acarició el pelo.

—Mmm… Cierto. Eso solo lo consiguen los tíos de 20 años—. Dijo incorporándose. Se quitó la pinza del pelo y dejó caer el pelo sobre sus pechos.

—¿Sabes? A veces creo que no eres consciente de lo que estás haciendo.

—No entiendo —cogió el porro y lo encendió— ¿A qué te refieres?

—A esto. Estás perdiendo el tiempo con un hombre casado, que podría ser tu padre.

—Número uno: que podrías ser mi padre es discutible. Y número dos: si pierdo el tiempo, es cosa mía —. Dijo sonriendo.

—Me encanta cuando pones esa cara de niña —se mojó los labios con la lengua— pero por otro lado, me siento culpable.

—Culpable, ¿por qué?

—¿No te gustaría tener una relación normal?

—¿Es que acaso hay relaciones normales?

—Claro. Las parejas jóvenes van al cine, dan paseos por el parque, van a bailar…

—Eso sería en tu época. Con tu mujer. En la mía, la gente ya no hace eso. Nosotros salimos, nos emborrachamos, follamos y sin más. Mañana será otro día.

—Eres una cínica. No me creo que no haya parejas jóvenes que vayan al cine.

—Las hay. Pero dime, ¿son felices? Yo no les veo las arruguitas en los ojos.

—Tú y tus arruguitas—. Le cogió el porro de la mano— Anda, dame el porro. Quiero volver a tener 15 años.

—Oye, ¿y eso? ¡Señoras y señores! ¡Carlos ahora fuma porros!—rió a carcajadas acercándose a la ventana levantando los brazos—Dime, ¿qué harías sin mí?

—¿Y tú? ¿Sin mí?

—Follaría cada día con uno diferente.

—Pensaba que ya lo hacías—miró el móvil y lo dejó en la mesita de noche—¿Nos duchamos juntos?

—Bailemos primero.

Laura le agarró los abrazos a Carlos levantándole de la cama. Bailaron abrazados sin música. Ella le susurraba al oído una canción que él no conocía. Pero él bailaba igualmente dejándose llevar, agarrándole la cintura y acariciándole la espalda.

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