Cuando aún la quería

A Sole, por enseñarme a confiar.

    La maté porque la quería. Ella me decía que me amaba. Cada día al despertar, me miraba con ojos llorosos y me susurraba al oído: “te quiero. Ya sabes, mucho, mucho, mucho”. Yo nunca la creí. Si me quería como decía, ¿por qué necesitaba salir con sus amigas? Ella siempre decía que eso no era salir, era tomar café. Pero yo sé que le gustaba hablar con los camareros. Les sonreía.

    Esa noche llegué a casa y me encontré con una rosa roja en la cama. Me dijo que la había comprado para mí. Pero dime, ¿quién compra una rosa a un hombre? ¿Tengo yo cara de que me gusten las rosas rojas? Se la había regalado algún hombre, de eso estaba seguro. Quizás su compañero de trabajo, o el panadero. Ella siempre intentaba ligar con todos. Me decía que estaba loco por pensar así, pero yo sé que no lo estaba.

El caso es que aquella noche me enfadé mucho. Cogí la rosa y se la restregué por la cara. Quizás le grité más de lo que debía. Pero me estaba poniendo muy nervioso. Ella no paraba de llorar y jurarme que la había comprado para mí.

–¡Zorra, pedazo de zorra! ¿Qué clase de fulana llega a casa con rosas rojas? Una de las caras, ¿verdad? De las que cobran por horas.– le grité.

–Por favor –lloraba– no me digas eso. Sabes que te quiero, jamás te sería infiel–. Decía mientras yo le metía la rosa en la boca.

–¡Te la vas a comer! Toda entera, hasta que desees no haberla traído nunca.

Reconozco que me pasé de la raya. Pero creo que a ella en el fondo le gustaba. Siempre llegaba a casa triste, como aburrida. Y cada vez que nos peleábamos se ponía a llorar y después de los lloros y las súplicas… ¡Oh Dios mío! Ahí venía lo mejor. Me decía que no quería perderme, que yo era lo mejor que había tenido en su vida. Y el sexo, ¡madre mía, el sexo! Ahí sí se esforzaba de verdad, no como cuando tenía que sacarle la ropa a la fuerza.

Aquella noche tuvimos mala suerte. Ella lloraba con la boca abierta, escupiendo los pétalos de rosa. Estaba guapísima. La coleta se le había soltado y los mechones de pelo castaño le caían por encima de los ojos. Estaba tirada en el suelo y la llevé al baño. Solamente quería meterla en la bañera con agua fría para que se espabilara, pero al entrar le di un empujoncito y la muy floja se cayó en la bañera. Tuvimos mala suerte de verdad.

No recuerdo muy bien qué pasó después. Solamente recuerdo el ruido de su nuca contra el borde de la bañera. Después de un rato, llegó la policía. Aunque no sé si pasaron dos minutos o dos horas. Creo que estuve abrazado a su cuerpo todo ese tiempo. Gritándole lo estúpida que era. ¿Por qué tuvo que desplomarse sin fuerzas en la bañera?

Quizás ya no me amaba lo suficiente como para seguir viviendo. Por eso se dejó caer así. Pero la muy zorra no pensó en mí. No pensó en cuánto la echaría de menos. Lo cierto es que la quería. Ahora la verdad es que ya dejé de amarla. Si hubiera sido más fuerte, se habría quedado conmigo. En vez de buscarme todos estos líos con la policía, el juicio, su familia… Me ha arruinado la vida, de verdad que sí.

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