De sopas y madres

    Sonó el timbre. Sara se despertó y miró el reloj, eran las 11.00. Le dolía la garganta. Notó un olor  artificial a pollo. En el suelo, al lado de la cama había una bandeja con un bol vacío de la sopa de sobre que había tomado la noche anterior. Al otro lado, una montaña de pañuelos de papel usados. Se tapó la cabeza con el edredón y volvió a intentar dormir. Sonó otra vez el timbre. Esta vez con insistencia, tres veces seguidas.

    Se levantó, se puso una bata azul de felpa y se acercó al telefonillo.

    –¿Sí? –dijo con voz ronca.

    – Sara, cariño, soy mamá. Ábreme.

    –¿Mamá? ¿Cómo has sabido mi dirección?

    – Me la ha enviado tu hermana. Ábreme anda, que hace frío.

    Hacía tres meses que se había mudado, aunque a su madre le había dicho que vivía allí desde hacía solo un mes. Era un estudio pequeño en el barrio de Lavapiés. La cocina, la mesa y la cama estaban en el mismo espacio. A la izquierda de la cama había una puerta que daba a un pequeño baño con un plato de ducha. Cogió la ropa que estaba tirada en el suelo y la dejó en el cubo de ropa sucia. Metió el bol, los vasos y un par de tazas en el fregadero. Se recogió el pelo con una goma mientras escuchaba los pasos de su madre subiendo por la escalera.

    –Hija mía, un quinto sin ascensor. ¿Pero en qué estabas pensando?

    –Y, ¿cómo que te ha dado por venir? Sin avisar ni nada.

    –Dame un beso, anda, que eres más reseca… Y sí que he intentado avisarte pero tienes el móvil apagado. Tu hermana me dijo que estabas enferma y quería venir por si necesitabas algo.

    –No es para tanto. Solo es una gripe.

    –De eso nada, mira qué voz tienes.

    Su madre le hizo meterse en la cama mientras le preparaba una sopa. También ordenó la casa, limpió el baño y la cocina. “Mamá, déjalo”, le dijo varias veces Sara resoplando. Pero ella seguía, mientras le contaba el viaje a Cancún que había hecho con su padre en Navidades.

    –Bueno, entonces ¿cómo le va a Pablo en Dubai? Venía una vez al mes, ¿no? –le dijo su madre con el delantal puesto, sosteniendo una cuchara de madera.

    –Sí, mamá.

    –Este pisito no está mal, pero con el dinero que gana, ya podría haberte dejado el otro apartamento.

    –Ya hemos hablado de eso, mamá. Es una tontería pagar por un piso tan grande si voy a estar sola y él solo viene una vez al mes.

    –Vosotros veréis. Yo es que eso de tanto cambio no lo entiendo. Si total, en un año ya está en Madrid otra vez.

    –Un año es mucho tiempo.

    –No te creas. Aunque igual, él está pensando en comprar algo. Ya verás, en cuanto vuelva, te pide que te cases con él. Mira que es majo, a veces no entiendo cómo os lleváis bien, tú siempre has sido tan arisca… Pero vio algo en ti…–siguió hablando desde el banco de la cocina removiendo el caldo.

    Sara empezó a toser. Se incorporó, se sonó la nariz y se levantó de la cama para tirar el pañuelo a la basura. Su madre seguía hablando sobre cómo sería la boda y lo guapo que estaría Pablo. Sara cerró el cubo de basura, se giró y le dijo:

    –Mamá, ¿por qué has venido?

    –Pues para verte, ya te lo he dicho antes.

    –No, te lo repito. ¿Para qué has venido? ¿Para regodearte?

    –¿Regodearme? ¿De qué? ¡Qué cosas dices!

     –Sé que lo sabes, deja de fingir.

    Su madre se quedó callada. Se volvió hacia el puchero y removió el caldo. Cogió un plato hondo y empezó a servir.

    –Has venido para ver mi triste vida de soltera. Es eso, ¿verdad? Sé que Clara te lo contó todo. Como siempre, la bocazas de turno.

    –Tu hermana no tiene la culpa de esto.

    –No, la tengo yo. La tengo yo por no haber sido capaz de retener a Pablo. Dímelo, ¿a que es eso lo que piensas?

    –¿Cómo puedes pensar eso? Jamás te desearía nada malo. ¡Eres mi hija, por Dios!

    –Pero te encanta tener razón. Siempre me dijiste que Pablo era demasiado para mí.

    –Eso ahora ya da igual. Lo que no entiendo es por qué no me lo contaste.

    –¿Lo ves? ¿Lo ves como lo piensas? Dime, ¿cuántas veces has venido a visitarme? ¡Dime! ¿Cuántas? Yo te lo diré, ¡ninguna!

    –¡Eso no es cierto! Aquella vez con las primas, ¿recuerdas?

    –Déjame en paz, mamá. –Se metió en la cama y se tapó con el edredón–. No necesito a nadie que venga a hacerme caldos. Y sí, tengo una mierda de piso, tengo una mierda de trabajo y como he dedicado mi vida a Pablo, no tengo muchos amigos. ¿Y qué? Me da igual.

    –Es imposible hablar contigo cuando te pones así.– se quitó el delantal.– Si es que no me extraña…

    Sara abrió el cajón de la mesita, sacó un paquete de Marlboro Light y se encendió un cigarro.

    –Lo que me faltaba–dijo su madre–que a los 32 años empieces a fumar.

    –Pues que sepas que fumo desde los 23. ¡Ah, y algún porro de vez en cuando también!

    –Me voy. No voy a aguantar tus tonterías como cuando tenías quince años.

    Su madre cogió el bolso y salió de casa.

    –¡A la mierda!–gritó Sara y apagó el cigarro en el cenicero.

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