Fumar después de follar – Capítulo I

    Marta se levantó de la cama completamente desnuda. Recogió sus bragas blancas del suelo y se las puso. Salió al balcón. Encendió un cigarro y se lo llevó a la boca mirando a Roberto, que aún estaba desnudo en la cama.

    Roberto: ¿Por qué fumas?

    Marta: Y tú, ¿por qué te tatúas?

    Roberto: Me gusta.

    Marta: Y a mí me gusta fumar.

    Roberto: ¿Siempre eres así de seca?

    Marta: Lo intento.

    Roberto: No lo intentas, lo eres. Se intenta ser agradable, simpática… Ser seca es algo que va con la persona.

    Marta: Te equivocas.

    Roberto: No te entiendo, tía.

    Marta: No te he pedido que me entiendas.

    Roberto: Solo que te folle, ¿no?

    Marta: Eh, tranquilito.

    Roberto: Claro, se me olvidaba, tú eres la única que puede ser antipática. Yo tengo que ser el tío majo que te aguanta las borderías.

    Marta: Te estás poniendo muy tonto.

Roberto se levantó de la cama, salió al balcón y le cogió el cigarro de la mano.

    Roberto: Trae aquí, vamos a ver cómo de divertido es fumar después de follar.

    Marta cogió la goma del pelo que llevaba en la muñeca y se recogió el pelo con un moño alto deshecho. Le caía un mechón de pelo sobre la cara.

    Roberto: Da igual lo que te hagas. Siempre estás igual de sexy.

Marta le guiñó un ojo y entró en la habitación.

    Roberto: ¿Te vas? Fúmate el cigarro conmigo, ¡anda!

    Marta: Me están llamando.

Marta cogió su móvil y salió al pasillo. Roberto apagó el cigarro y se tumbó en la cama. No podía escuchar lo que hablaba pero la oía de fondo. Ella volvió a entrar, dejó el móvil en la mesita, se puso una camiseta y se sentó a su lado en la cama. Él le seguía con la mirada, mirando cada movimiento.

    Roberto: Era él, ¿verdad?

    Marta: ¿Quién?

    Roberto: El otro que te follas.

    Marta: No sabía que teníamos que darnos explicaciones sobre el resto de gente con quién nos acostamos.

    Roberto: Con quién te acuestas tú, mejor dicho.

    Marta: Si no te acuestas con nadie más, es tu problema. Te dije que no había ataduras, que hicieras lo que quisieras.

   Roberto: Ya, pero es que no quiero acostarme con nadie más.

Marta hizo una mueca con la boca y se tumbó en la cama. Él le metió la mano por debajo de la camiseta. Le tocó el pecho despacio. Le mordió la oreja. Follaron. Ella volvió a encender otro cigarro, esta vez en la cama.

    Roberto: Dime, qué es lo que tiene.

    Marta: ¿En serio quieres que hablemos de esto?

    Roberto: Sí. Claro que quiero. Quiero saber qué le hace tan especial. Qué es lo que te hace saltar cada vez que escuchas el móvil.

    Marta: Para empezar, no me pregunta sobre el resto de tíos con los que me acuesto.

    Roberto: Quieres decir que le importa una mierda lo que hagas. ¿Es eso lo que te gusta?

    Marta: No. Lo que me gusta es que él hace su vida y yo la mía.

    Roberto: Ya, pero si él te dijera que solo quiere estar contigo, tú estarías encantada.

    Marta: Seguramente. Pero no por eso tendría una relación con él.

    Roberto: Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿Ir detrás del que no quiere nada contigo y tener a otros tantos detrás de ti? Marta, eso es de primero de primaria.

    Marta: Llámalo como quieras. Pero te equivocas. Él sí quiere algo conmigo. Quiere que nos veamos sin explicaciones. Y eso me basta.

Roberto se levantó de la cama, se puso los calzoncillos y los vaqueros.

    Roberto: Me voy.

    Marta: Pero, ¿por qué? ¿Qué pasa ahora? Tú eras el que querías hablar de esto.

    Roberto: Estoy cansado Marta. Estoy cansado de tus gilipolleces, de tus movidas mentales y de que me trates como a una mierda.

    Marta: Yo no te trato como una mierda. Tú sabías lo que había desde el principio. Nunca te he mentido. Eres tú el que quiere convertirme en algo que no soy.

    Roberto: No quiero convertirte en nada, Marta. Solo quiero que despiertes, ¡coño! Que te dejes querer, que te dejes mimar. Pero es imposible.

Roberto se puso la camiseta y los zapatos y salió de la habitación. Dio un portazo. Marta empezó a llorar. Se acurrucó en la cama y se abrazó a sí misma. Su móvil sonó: “Carlos gordito”.

    Marta: ¿Sí? Dime.

    Carlos: […]

    Marta: ¿Cómo? Pero si habíamos quedado mañana. ¿Dónde te vas?

    Carlos: […]

    Marta: ¿De viaje con quién?

    Carlos: […]

    Roberto estaba detrás de la puerta escuchando la conversación.

    Marta: No, no te equivoques. No te estoy pidiendo explicaciones, pero si me dices que te vas de viaje, así, de repente, lo lógico es que te pregunte con quién y dónde, ¿no?

    Carlos: […]

    Marta: Carlos, ¡que no me des la chapa! Que sí, que vale. Venga, que lo pases muy bien. (Colgó el teléfono). Zorra, pedazo de zorra.

Marta volvió a acurrucarse y siguió llorando haciendo ruiditos con la nariz.

Roberto pensó en entrar y abrazarla. Puso la mano sobre el pomo, apretó los dientes. Cerró los ojos unos segundos. Soltó el pomo y se fue. Marta escuchó el portazo de la puerta principal. Le escribió un whatsapp: “Adiós”. Él respondió: “Adiós Marta”.

***

¿Te gustó? Sigue leyendo el capítulo II en:

[Capítulo II de “Fumar después de follar”]

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