La leche, con café

  [ A D. por enseñarme que la crueldad es ilimitada. ]

    Clara entró en el primer bar que encontró al salir de la estación de tren de Castellón. Se acercó a la barra y pidió un café con leche. La puerta del bar quedaba a su espalda. Alguien la abrió de golpe y pidió a gritos una cerveza. Era una voz masculina. A Clara le sonó familiar. Se giró tapándose la cara con el pelo para comprobar si era su padre. No era él. Respiró hondo. Sabía que era muy difícil que la hubiera seguido desde Vigo hasta Castellón, pero aún tenía el miedo metido en el cuerpo.

   Era la tercera vez que Clara se escapaba de casa. Su padre abusaba de ella desde los ocho años. Su madre nunca quiso verlo. Su hermano mayor, Alberto, le decía que eso le pasaba por guarra. Y es que Clara conoció los hombres muy pronto. Además de su padre, solía acostarse con varios chicos de su escuela desde que tenía doce años. Quedaba con ellos al salir de clase y se iban a callejuelas escondidas, edificios abandonados o portales con poca luz.

   Pero todo eso fue hasta que conoció a Pablo. Ella tenía 15 años. Él 16. Una tarde de mayo, Pablo la vio salir de un edificio abandonado y la siguió hasta casa. Más tarde le dijo que su melena pelirroja le había hechizado. Clara reía a carcajadas cada vez que Pablo recordaba aquel primer día. Con él no tenía que esconderse en lugares públicos. Pablo vivía con su madre, que trabajaba todo el día, y podían pasar las tardes en casa de él. Con Pablo conoció el amor, las caricias y los secretos al oído.

   Cada tarde de camino a casa lloraba sin parar. Lloraba porque tan pronto como cerraba la puerta de la habitación de Pablo ya le echaba de menos. Pero sobre todo lloraba porque al llegar a casa tenía que soportar los deseos de un padre celoso. Después de cenar, la llevaba al garaje y abusaba de su delgado y blanco cuerpo. Le decía al oído que era una guarra por irse con un niñato. Que el único hombre de verdad era él. Después volvían a casa. Su madre no hacía ningún comentario sobre dónde habían estado. Le preguntaba a Clara si quería un vaso de leche antes de dormir. Ella siempre respondía, “No, mamá. No me gusta la leche sola”.

   La primera vez que intentó huir fue yéndose a casa de Pablo. Su padre mandó a su hermano ir a buscarla. Al día siguiente, Alberto estaba en la puerta de casa de Pablo aporreando la puerta. “Dile a mi hermana que salga ahora mismo”. La llevó de los pelos de vuelta a casa. Dándole golpes en la espalda y recordándole que su verdadera familia era otra. Ella le llamó mentiroso, hipócrita y hasta hijo de puta. Pero solo sirvió para que Alberto endureciera sus golpes.

   Más tarde le contó a Pablo lo que su padre hacía con ella cada noche. Pablo no puedo encajar la noticia y estuvo una semana sin responder a sus llamadas. Entonces fue cuando Clara volvió a intentar fugarse. Le dejó una nota a Pablo por debajo de la puerta, diciendo que se marchaba. Hizo autoestop pero no llegó muy lejos. Pablo salió en su busca en cuanto encontró la nota. Le pidió perdón y le dijo que le ayudaría. La madre de Pablo era abogada y seguro que podía ayudar a Clara a salir de su casa legalmente. No sabían muy bien cómo lo harían, pero estuvieron toda la tarde imaginando cómo serían sus vidas viviendo juntos. Dormirían juntos todas las noches. Abrazados. Sin separase nunca más. Protegiéndose uno al otro. Clara pensó que era un sueño, pero lo tocó muy de cerca.

   Al día siguiente, Pablo habló con su madre para pedirle apoyo. Su madre le dijo que se estaba metiendo en un lío y que además, el curso estaba a punto de acabar. Las vacaciones de verano eran un momento perfecto para aprender inglés. De Clara se olvidaría pronto. Al fin y al cabo, solo era un amor adolescente. Pablo le rogó durante días sin conseguir nada. Tres semanas después, él estaba en un colegio para extranjeros en Brighton. Clara estaba en un bar enfrente de la estación de Castellón.

   –Señorita, aquí tiene su café con leche.– le dijo el camarero.

   Abrió la cartera. Tenía 200€ que le había robado a su madre del cajón de la mesita. Sacó 5€ y se los dio al camarero con la cabeza baja. Se le escapó una sonrisa por dentro. Esta vez sí saldría bien. No sabía lo que iba a hacer después de ese café con leche. Pero estaba segura de que no la volverían a encontrar.

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