Ducha con diamantes

   Eran las 11.00 de la mañana de un sábado. Víctor se metió en la ducha. Marta escuchó cómo se encendía el grifo desde la habitación. Entró en el baño y vio la sombra de Víctor tras la mampara. “Entra, el agua ya está caliente”, le dijo Víctor. Marta aún llevaba puesta la ropa interior. Se miró el ombligo, apretó los ojos intentando no pensar en lo que iba a hacer y se quitó las bragas.

   Marta tenía 31 años y era la primera vez que iba a ducharse con un hombre. En realidad, era la primera vez que un hombre la iba a ver desnuda a plena luz. Nada de velas ni lamparitas con luz tenue. La iba a ver completamente desnuda y en el baño, el lugar menos romántico que ella había imaginado para un momento así. A ella le habría encantado decirle que no se sentía cómoda, pero cuando, recién despertada, Víctor le dijo al oído que lo que más le apetecía era ducharse juntos, ella no supo decir que no. 

   Abrió la mampara y vio a Víctor bajo el chorro de la ducha. Se enjabonaba el pelo y la espuma le caía por los brazos recorriendo las axilas hasta la pelvis. No era muy alto pero tenía un cuerpo bien formado; de espalda ancha y músculos marcados. Cuando Marta lo conoció cinco semanas antes en un bar de la Calle La Palma, le pareció el hombre más atractivo de todo el garito.  Él no paraba de mirarle de reojo, hasta que finalmente se acercó y le preguntó si le podía invitar a una cerveza. Para la tercera Heineken, Marta ya se había dado cuenta de que no era tan listo como guapo. Cuando él le pidió el número, ella tuvo dudas. Su madre le habría dicho que aquello no iba a ningún sitio. Sus amigas le habrían recomendado acostarse con él esa misma noche y no volver a verle. Pero Marta siguió su intuición y le dio su número de móvil.

   En la ducha, Marta estaba parada frente a él,  cabizbaja y con los hombros caídos. Se cogía las dos manos a la altura del pubis, intentando taparse. Víctor pareció sentirse aun más hombre al verla tan minúscula. Le cogió las manos y la atrajo hacia él. Le puso champú en el pelo y empezó a masajearle la cabeza mientras la besaba dulcemente. A Marta le sorprendieron aquellos gestos delicados. Se había imaginado la situación más traumática. Se relajó y empezó a disfrutar de la ducha.

   El agua del grifo salía templada. Pero de repente notó un chorro más caliente en los pies. Separó sus labios de los de Víctor y miró hacia abajo. Él estaba orinando sobre ella. Le miró el pene, el chorro de orina que caía y cómo le salpicaba entre los pies. Levantó la mirada hacia Víctor. Él sonrió y le dijo “me encanta mear en la ducha contigo”. Marta no sabía si orinar en la ducha estaba bien o mal. Nunca lo había visto en las películas y tampoco les había escuchado contar nada así a sus amigas. De haberlo sabido, lo habría preguntado antes. Pero, ¿cómo iba a imaginar que él mearía en sus pies?

Marta prefirió no pensarlo mucho. Él empezó a besarla más bruscamente. La arrinconó contra la pared y empezaron a hacer el amor. A ella le venían imágenes de la orina en sus pies, pero la verdad es que no había estado tan mal. Aquello de la ducha le estaba gustando y se estaba excitando más de lo que nunca antes había logrado. A Víctor pareció gustarle aquella Marta más fogosa. El clímax estaba cerca.

Victor se separó un momento y rodeó la cintura de Marta con el brazo para acariciarle el clítoris. Y entonces, Marta empezó a orinar. Víctor sintió el agua caliente en su mano. Miró hacia abajo para constatar el hecho y se separó de ella rápidamente.

–¿Qué cojones estás haciendo?–, le dijo Víctor con el entrecejo fruncido.

–Orinar. Como tú. ¿No te gusta?

–Pues no, Marta. ¿Cómo me va a gustar que te mees mientras follamos?

–¿Follar? Me dijiste que tú no follabas, que hacías el amor.

–Tía, ¡déjame en paz!–, salió de la ducha, cogió la toalla y se fue a la habitación.

   Marta se quedó cinco minutos más en la ducha. No entendió muy bien qué acababa de pasar. Tenía ganas de llorar. Quería volver a su casa –en realidad la de sus padres– y llorar sola en su habitación, abrazada al cojín enorme de felpa que cubría su cama. Se vistió y se fue.

   Dos semanas después, Víctor le escribió un whatsapp para pedirle perdón. Acordaron algunas normas de decoro en la cama y lo demás vino solo. Nunca se veían en público, ni iban a cenar, ni al cine. Sus encuentros se limitaron al puro entrenamiento de la actividad sexual. Marta nunca se había imaginado en una relación así. Pero tampoco antes se había imaginado orinando en la ducha mientras hacía el amor.

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3 comments

  1. Muy bonito, una escritura muy limpia. Lo de la meada es genial.

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  2. Vaya tío más bipolar!!! Será tiquismiquis él!
    Pd: buen relato😂

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