Mientras soñamos

     Era un viernes soleado de mayo. Nacho conducía su coche desde Madrid hacia Burriana. Al lado iba Teresa. Se habían conocido cinco meses antes en una exposición de fotografía de un amigo común. La relación había ido despacio pero sin tropiezos y comenzaron a hacer más planes juntos.

     Iban a visitar a un grupo de amigos de Nacho que tenían un velero en el puerto de Burriana. No eran amigos íntimos de Nacho, pero se conocieron en el curso de patrón de barco y les había visitado tres veces para salir a navegar juntos. Ésta era la primera vez que iba con Teresa. De camino, Nacho fantaseaba con pedir un traslado en su posición de bombero a alguna de las islas Baleares, comprar un velero y una casa frente al puerto.

–Y ese sueño fantástico, ¿Cómo lo has imaginado? ¿Solo? ¿O con compañía?–le interrumpió Teresa.

–Con compañía–dijo Nacho, apartando la mirada de la carretera para mirar a Teresa.

–Ajá, otra pregunta más, ¿Con niños? ¿O sin ellos?–siguió Teresa, intentando disimular una sonrisa de medio lado.

–Me encantan los niños.–respondió Nacho sacando la lengua de forma juguetona. Teresa rió, esta vez sin disimulo.

     Nacho empezó a hablarle de los amigos que iban a visitar, de lo sencillos que eran Álex y Pedro, de los chistes de Carlos y lo bien que cocinaba Guillermo. Teresa intentaba escucharle pero su atención estaba en el sueño que Nacho había descrito. Ella ya se imaginaba  pidiendo el traslado de su plaza de profesora, el papeleo, las cajas, el camión de la mudanza, el velero, su tripa de embarazada… Imaginando se quedó dormida.

     “Hemos llegado”, dijo Nacho enérgicamente. La besó y salió del coche. Caminaban por el muelle cargados con las mochilas, una nevera con bebida y varias bolsas de comida para el fin de semana. Nacho llevaba un pantalón de chandal azul marino, una camiseta gris y unas zapatillas de tenis. Teresa llevaba un vestido a rayas azules y blancas, unos zuecos marrones y un sombrero de mimbre.

     A Teresa le costaba un poco caminar con los zuecos, así que Nacho iba unos diez metros por delante de ella. Justo cuando vieron a sus amigos, a Teresa se le cayó el sombrero. Al recogerlo del suelo y alzar la vista, vio a Nacho abrazando a una mujer entre risas. Nacho no le había hablado de ninguna mujer, pero por la calidez del abrazo diría que la conocía bien.

     Resultó que Álex no era un hombre. Sino una mujer –Alejandra– de un metro setenta y ocho, pelo castaño a la altura de los hombros, ojos almendrados de color miel y unos labios prominentes. Tenía la piel dorada por el sol y algunas pecas en las mejillas que le añiñaban el rostro. Si llevaba maquillaje era imperceptible, a excepción de los labios de color rosa. Llevaba unas zapatillas azules, un pantalón vaquero desgastado, y una camiseta blanca de algodón que dejaba adivinar su complexión atlética.

     Al verla, Teresa se sintió tan ridícula como traicionada. Ridícula porque jamás debió ponerse algo tan sofisticado para pasar el fin de semana en un barco. Traicionada porque Nacho nunca mencionó que Álex fuera una mujer. Ni que fuera una mujer tan naturalmente atractiva. Ni que fueran tan amigos como para abrazarse con tanta alegría.

     Tomaron algunas cervezas y se pusieron a preparar la cena. Nacho pelaba patatas, Álex cortaba tomates y Teresa picaba los ajos. Mientras, Pedro y Carlos preparaban la mesa en el salón. Teresa acabó con el ajo y se ofreció a ayudar a Álex con los tomates. Ella siempre los cortaba sobre una tabla pero como vio que Álex lo hacía al aire, intentó hacerlo como ella para no parecer torpe.

     Estaban recordando anécdotas graciosas y Teresa se limitaba a escuchar. Quería participar, pero le era imposible involucrarse en la conversación. Cansada de cortar tomates y escuchar como una boba, intentó cortarlos más rápido. “¡Aau! ¡Mierda!”, dijo con un grito ahogado. Se había cortado el dedo pulgar y la sangre salía a borbotones. A Teresa se le encendió el rostro de color rojo vergüenza.

     Álex la acompañó al baño para vendarle el dedo. “Te has manchado el vestido de sangre. Qué pena, con lo bonito que es”, le dijo Álex. Teresa sabía que no tenía razones para odiarla,  había sido encantadora con ella y correcta con los chicos. Aun así, quería arrancarle todos los momentos que había pasado con Nacho –y que ella no había vivido–, quería arrebatarle la seguridad de la que se sabe atractiva –y que ella no tenía– y robarle una pizca de esa conexión de igual a igual con el sexo masculino,– y que ella tampoco tenía.

     Por la noche en el camarote, Teresa y Nacho se quitaban la ropa el uno al otro. Teresa vio la mancha de sangre de su vestido y se entristeció. “¿Estás bien? ¿Te pasa algo?” , le preguntó Nacho. “Todo bien”. Después de hacer el amor, Teresa le preguntó por qué no le había contado que Álex era una mujer. “¿No lo hice?”, respondió Nacho sin mayor importancia.

     En los siguientes seis meses hubo muchos más “¿te pasa algo?” seguidos de “todo bien”. Nacho, cansado de toparse con un muro, le pidió un tiempo para pensar. En ese mes y medio, él no consiguió averiguar qué había hecho mal para que Teresa no se abriera. Teresa tampoco consiguió averiguar cómo vencer sus miedos. Disimular con un “todo bien” era lo mejor que había aprendido a hacer.

     Hubo algunos encuentros más, pero a pesar de las pasiones despertadas por la extrañeza de sus cuerpos, estaban cansados de intentar que la relación funcionara. Después de un año y medio, todo acabó de la misma forma que había empezado: despacio, pero sin tropiezos.

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2 comments

  1. “todo bien”
    “despacio, pero sin tropiezos”

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