En busca del sapo azul

  [ A todas las mujeres que construyen un camino de serenidad, valor y sabiduría. ]

    Los amores y desamores eran temas recurrentes con mis compañeros de trabajo. Nos divertíamos mucho poniendo en común nuestras historias románticas. A algunos les iban las versiones de príncipes y princesas. En las mías, sin embargo, había más sapos que príncipes, lo que me llevó a ganarme la fama de escéptica en cuestiones del corazón. No me importaba en absoluto jugar ese papel. De hecho, creo que aportaba bastante colorido a las tertulias.

   Aquel martes estaba comiendo con cuatro compañeros y yo era la única soltera. El habitual cachondeo derivó en una conversación con tinte freudiano.

–Es que Bea, con esa cara de limón que les pones a todos, no hay manera hija–se quejaba Andrea.

–Reconócelo, tienes un bloqueo emocional, no estás abierta al amor –dijo Pablo–. Ni aunque te lo pusieran en bandeja te ablandarías.

   El consultorio espontáneo se iba de madre y yo tenía que defenderme.

–Está bien, listillos. Vamos a hacer un trato– les dije. Me miraron con los ojos bien abiertos, aquello prometía.

   Para cuando llegó el postre, las bases del juego estaban cerradas. Me abrirían un perfil en una página de contactos que ellos gestionarían directamente. Cada semana harían una selección de candidatos, me pasarían su número y yo cerraría la cita. Me comprometía a un mínimo de tres citas en un máximo de tres meses. Para asegurar la calidad de los pretendientes les di algunos requisitos: tener entre 30 y 40 años, medir 1,80m como mínimo, escribir con una ortografía impecable y estar independizado. Prometí ser absolutamente encantadora con todos y cada uno de ellos, sin excepciones y sin prejuicios. “Bea, ¿lo prometes?”, “lo prometo”, se miraban entre ellos con asombro y esperanza, sin llegar a creerlo.

   Cada viernes me daban los números de los candidatos que habían seleccionado pero nunca llegaba a cerrar una cita y siempre me culpaban por mi actitud negativa. Cuando les enseñaba las conversaciones de whatsapp, veían que realmente estaba jugando con las reglas que me habían dado. En el siguiente mes y medio hablé con toda clase de raros, pervertidos y maniáticos, y a pesar de ponerle empeño, no encontré ninguno que me inspirara confianza.

   La afluencia de contactos iba disminuyendo semana a semana. Mis compañeros resoplaban cada tarde frente al ordenador. Se les acababa el tiempo, y aun peor, se les acababan los candidatos. El cuento de princesas que habían imaginado para mí se iba desvaneciendo. Empezaron a darme pena. Les sugerí que abrieran perfiles en otras redes y que ampliaran el espectro de edad, de 25 a 45 años, y el de estatura a 1,70m. Recuperaron la esperanza, pero el entusiasmo volvió a decaer pronto.

   Pasaron dos meses y medio y aún no había cerrado ni una sola cita.

–Ya habéis mirado en todas las redes. Creo que es hora de pasar a Tinder– les dije. Ellos se miraron, guardaron silencio– ¿Qué pasa? ¿Ya os habéis cansado?– les miré con una sonrisa vencedora.

–Bea, no es eso. Entiéndelo, en realidad el amor es algo que llega sin más. El mercado está mal, pero no te preocupes, cuando menos te lo esperes…–me consolaba Verónica.

   Continuaron la conversación hablando de sus respectivas parejas y de lo afortunados que eran. Me sentía vencedora por haber demostrado que mi escepticismo tenía una base sólida. Aunque en realidad, no me quedó claro quién ganó el juego. Ellos se enamoraron, por segunda vez, de sus parejas. Mientras yo perdí un príncipe. Un príncipe que nunca tuve, pero que me habían prometido y al que yo había imaginado a galope, en su caballo blanco.

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