Pray for Keiko

   Vera y Mateo solían cenar en casa todos los viernes. Normalmente sacaban alguna receta de un libro de cocina gourmet que les había recomendado un colega de Vera. Iban a un supermercado de delicatessen y se pasaban la tarde cocinando con una buena botella de vino. Charlaban sobre cómo les había ido la semana y aunque no hubiera nada especial que contar siempre conseguían hacer de la noche del viernes un momento más íntimo.

   Esa tarde hablaban del terremoto de Japón. Mateo le explicaba las consecuencias  económicas que podía desencadenar. Vera le escuchaba atentamente y de vez en cuando le interrumpía con algún comentario sobre cómo cambiaría la vida de todas esas personas. Se sentaron en la mesa y aunque no acostumbraban a encender la televisión mientras cenaban, el tema de conversación de aquella noche pedía a gritos poner el telediario.

   De repente, Vera se acordó de Keiko, una estudiante japonesa que conoció en un viaje a Sydney hacía quince años. Vera hablaba muy entusiasmada de cómo se conocieron en una cafetería de Surry Hills. No se separaron durante los tres meses que estuvo allí. Se escribieron por mail durante los siguientes dos años pero el contacto fue haciéndose cada vez más tenue hasta desaparecer por completo. Se preguntaba qué sería de ella, ¿Le habría afectado el terremoto?, ¿Viviría cerca de Fukushima? Quizás incluso ya tenía familia.

  “Vamos, el pato se enfría”, le dijo Mateo. Abrió Twitter en el Ipad y le enseñó a Vera la cantidad de hashtags que se habían creado. Hizo click sobre #weprayforjapan y el timeline de Twitter empezó a moverse, salía un tweet tras otro de forma tan rápida que ni siquiera se podían leer. Mateo no dejaba de hablar sobre la importancia de las redes sociales pero Vera era incapaz de escucharle. Solamente podía pensar en Keiko. El pato empezó a darle arcadas.

   Odiaba a Mateo con todas sus fuerzas. Le acababa de contar su historia en Sydney junto a Keiko y él solamente era capaz de hablar de redes sociales. Podría haberle dicho que se callara, que no se encontraba bien, que necesitaba hablar sobre todo lo que vivió allí. Pero no lo hizo.

–Mateo, estoy tomando pastillas anticonceptivas.–dijo soltando los cubiertos y dejando los brazos caídos por debajo de la mesa.

–No digas tonterías.– partió un trozo de pato y se lo puso delante de la boca.–Come, está delicioso.

–Sabes perfectamente que no tengo hambre.

   Él recogió los platos y se los llevó a la cocina. Tiró toda la comida a la basura y empezó a fregar. Ella le perseguía de un lado a otro reprochándole que le daba miedo hablar de sentimientos y que por eso mismo se había convertido en un aburrido contable, para no hablar más que de números y política. Pero ella echaba de menos su vida de antes. Cuando aún seguía pintando y se rodeaba de personas como Keiko en vez de snobs como su compañero de la revista de arte, el del puñetero libro para gourmets.

   Mateo cerró el grifo de golpe. “Eres una puta niñata”. Vera se quedó paralizada. Nunca había escuchado un taco salir de la boca de Mateo y menos dirigiéndose a ella. “Me estás contando no sé qué de unos snobs, y que si Keiko, y que si la revista. Vera abre los ojos. Si no quieres tener hijos conmigo, dilo, y si no los quieres tener, ni conmigo ni con nadie, dilo también. Pero no me cargues con esa responsabilidad. Dejé una relación por ti, pero tú solamente eres capaz de mirar tu propio ombligo”.

   Vera empezó a reír a carcajadas, “¿En serio me estás diciendo que dejaste esa relación por mí? ¡La dejaste porque no la soportabas! Te aburría hasta su nombre. ¡Margarita! ¡¿Pero quién cojones se llama Margarita hoy en día?”. Salió de la cocina, cogió el abrigo y el bolso y dio un portazo.

   Mateo quería ir detrás de ella, abrazarla y decirle que todo saldría bien, que iba a ser una madre excelente, que él se encargaría de todo. Pero no podía. Cuando conoció a Vera le pareció un sueño, pensó que era imposible que una mujer como ella se enamorara de él. Podía mirarla, escucharla y tocarla durante horas. Margarita era un encanto, pero no era Vera. Es cierto que no tenía esos cambios de humor, pero todos los días a su lado eran iguales.

  Con el tiempo aprendió a satisfacer a Vera. Se mudó a Barcelona porque a ella le parecía un entorno “más creativo”, dejó de ver casi todos los partidos de fútbol; era “un deporte para vagos mentales”, decía ella. Leyó varios libros sobre arte y memorizó algunos nombres y obras imprescindibles para estar a la altura en las reuniones con sus amigos. Había cambiado toda su vida para estar con ella y no podía perderla ahora, pero si corría detrás de ella, si se lo ponía fácil, si le dejaba ver que había hecho todas esas cosas por ella, Vera le dejaría igual que él dejó a Margarita.

   Se tumbó en la cama esperando a que ella llegara. Él se haría el dormido y ella entraría silenciosamente para no despertarle. Se quitaría la ropa y le abrazaría completamente desnuda. Los dos se pedirían perdón por todo lo que habían dicho y harían el amor susurrando cuánto se amaban y deseaban. Entonces escuchó la cerradura de la puerta.

   Vera se metió en la cama con ropa y se acurrucó en el borde, de espaldas a él sin tocarle. No sabía si quería ser madre, no sabía si quería a Mateo o si simplemente no quería tener hijos con él. Pero tenía claro que aquella noche, después de ver recordar su época en Australia, se había sentido extraña en su propia piel. Ella no había nacido para comer pato a la naranja mientras veía catástrofes por televisión, ni para estar en una relación en la que tuviera que tomar anticonceptivos a escondidas.

   Cogió su móvil de la mesita, abrió Twitter y escribió: “#prayforjapan and I will #prayforkeiko”. Al día siguiente le escribiría. Iba a retomar el contacto, con ella y con muchas otras personas que había dejado atrás. Podía recuperar su antigua vida y lo iba a hacer. Su madre siempre decía que la edad real no importa, que podemos hacer lo que queramos a la edad que queramos. Mateo nunca estuvo de acuerdo con su madre. Pero eso, ahora ya daba igual.

   Mateo se giró hacia ella haciendo más presente su respiración sobre el pelo de Vera. Ella se acurrucó aún más, estirando de la sábana y dejando a Mateo con medio cuerpo al descubierto. Mateo supo que sería la última noche que pasaría junto a ella. Estuvo despierto toda la noche, oliendo su pelo desde la distancia que ella había dejado, como si quisiera retener ese olor en su memoria para impedir que se marchara, al menos de su cabeza.

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