Vacaciones sin parchís

     Eran las primeras vacaciones que Clara pasaba a solas con su hijo Mario. Hacía ocho meses que se había divorciado de Víctor, o mejor dicho, Víctor se había divorciado de ella. La versión oficial para familiares y amigos era que las cosas no habían funcionado. Así, sin más.  La versión real, la que solamente ellos sabían, es que él había conocido a otra. Pero Clara se prometió a sí misma que no jugaría el papel de víctima, y en vez de rogarle que se quedara con ella, le pidió que esperara un poco más de tiempo para contar lo de su nueva relación.

     En ese papel de madre independiente y mujer no abandonada, decidió pasar sus vacaciones en Cullera, a 130 kilómetros de la casa que tenían sus padres en la costa de Castellón. Era la distancia perfecta. Se sentía cerca de casa, en territorio conocido, pero estaba lo suficientemente lejos para que sus padres –ya mayores– no le visitaran.

–Pero hija, ¿por qué te vas a ir a Cullera tú sola con el niño? Si aquí hay sitio de sobra.–le dijo su madre por teléfono.

–Mamá no voy sola, vamos a ver a unos amigos. Mario lo pasará bien.– le mintió.

Ni iban a casa de unos amigos, ni Mario quería pasar tres semanas en Cullera. Pero había tomado la decisión pensando solo en ella, por primera vez, en mucho tiempo.

     Estaba recostada en una hamaca plegable mirando hacia el mar, de espaldas al sol.  Habían encontrado una zona de la playa que estaba más despejada de gente. Llevaba una pamela beige con una cinta de cuero marrón. Hacía viento y se le volaba continuamente, por lo que tenía que sujetarla con la mano. Mario jugaba en la orilla con unos cubos y palas nuevos. Ella le vigilaba de reojo mientras veía una revista de moda. Tenía los dedos pegajosos de aceite solar y le costaba pasar las hojas. Cuando lo conseguía, al soltar la pamela, ésta se le volaba. Cansada de hacer peripecias contra el viento, dejó la revista a un lado y se limitó a observar a su hijo.

     Mario había hecho un agujero enorme en la orilla. Cargaba el cubo lleno de agua, una y otra vez, intentando construir una mini piscina. Pero las paredes del agujero se deshacían y él corría a apretarlas con la pala para conseguir que se quedaran firmes. Cuando hacía fuerza, apretaba los dientes, igual que su padre, formando unos hoyuelos en los dos lados de la boca. Tan solo tenía siete años y ya estaba experimentando el mundo de las obligaciones. Trabajaba en aquella piscina con la obligación de jugar y pasarlo bien. Él hubiera preferido ir al pueblo de sus abuelos, donde estaban sus amigos de verano. Seguro que ahora mismo Pedro y Luis estaban pescando cangrejos en las rocas. Solo pensar en ellos divirtiéndose sin él, le enfadó.

     Llegó una ola más fuerte de lo normal y arrasó con la piscina. Mario tiró la pala al suelo y le dio una patada al cubo empujándola hacia el mar, en el sentido de la resaca. Se giró con los brazos cruzados frunciendo el entrecejo y se dio cuenta de que su madre le estaba mirando. Le dio vergüenza. Ella le sonrió sujetando la pamela con una mano y haciendo señal de ok con la otra. Mario relajó su expresión enseguida, dejando que los hoyuelos enmarcaran una sonrisa. Siguió jugando.

     Clara dejó la pamela a un lado, se recostó un poco más y siguió leyendo. Cuando acabó dejó la revista apoyada en su pecho. El sol se le había subido a la cabeza y pensó que si cerraba un poco los ojos se le pasaría. Las voces de alrededor y el chapoteo de Mario fueron haciéndose más tenues. El sol le molestaba y se tapó los ojos dejando caer el brazo sobre la frente. Perdió la noción del tiempo.

***

–¡Mamá, mamá! ¡Mira qué castillo hemos hecho Álvaro y yo!–gritó Mario.

Clara se levantó de la hamaca de un brinco, la revista se le cayó en la arena. Mario jugaba con otro niño en la orilla. ¿Quién era Álvaro? ¿De dónde había salido ese enorme castillo? ¿Cuánto tiempo se había quedado traspuesta?

–¡Álvaro vente a por la merienda!–gritó una mujer a unos 10 metros.

     El niño que estaba con Mario salió corriendo hacia su familia. Aquella mujer sacó un sandwich de una nevera portátil azul. Tenían todo el tenderete montado: dos sombrillas de rayas blancas y amarillas, una mesa plegable y cuatro sillas de tela. El padre, la abuela y una hija adolescente jugaban al parchís; uno de esos que tienen la tapa de cristal. El ruido martilleante del dado chocando contra el cristal se le metió a Clara en la sien. Empezó a dolerle la cabeza,  con golpes intermitentes justo encima del entrecejo.

     Una angustia tremenda le subió por el pecho. No sabía si era por el exceso de sol o por un  golpe repentino de ira. Quería levantarse y tirar el parchís a la basura. Quería decirles que se fueran a otra parte de la playa a demostrar lo normales y aburridos que eran, con sus meriendas, sus sillas, sus juegos de mesa y su rutina predecible. Se sentía tan culpable por odiarles como por haberse quedado traspuesta. Porque le podría haber pasado algo a su hijo y ella ni se hubiera enterado. Porque le había mentido a su madre y a ella misma, y en realidad no quería pasar las vacaciones sola. Porque por su culpa, su hijo pasaría el verano lejos de sus amigos. Porque su ex marido tenía que ocultar su nueva relación solamente porque ella se avergonzaba.

–Mamá, tengo hambre–dijo Mario acercándose a la hamaca.

–¿Quieres que mañana vayamos a casa de los abuelos?–le respondió apartándole el pelo  mojado de los ojos.

     Pasaron el resto de las vacaciones en casa de los padres de Clara. La culpa no desapareció así como así, pero al menos, allí nadie jugaba al parchís en la playa.

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