Berta no está sola

     Eran las 3.00 de la madrugada de un miércoles y Berta seguía frente a la pantalla de su portátil. Le daba vueltas a una escena del capítulo XII de su segunda novela. Hacía dos años que había publicado la primera, no tuvo un gran éxito pero las críticas fueron lo suficientemente moderadas para que no cayera en depresión. Escribía la historia de Ana y Pablo, una pareja que había llegado a ese estado de no estar, ese punto en el que ya no hay nada que hacer, más que regocijarse en el reproche y el victimismo.

     Berta estaba atascada. No sabía cómo seguir con las historias de los personajes. A medida que escribía tenía la sensación de que los protagonistas habían tomado su propio rumbo y la historia se desviaba de lo que ella quería contar. Apagó el flexo de un manotazo y cerró el portátil. Intentaba dormir pero no conseguía dejar la mente en blanco, volviendo una y otra vez a la escena en la que Pablo y Ana discuten después de salir de un restaurante.

Cuando empezaba a quedarse dormida, escuchó algunas voces. Eran tan reales que se levantó de la cama y sin hacer ruido fue hasta el salón. Un chico y una chica parecían estar discutiendo con voz muy tenue como si no quisieran despertarle. Entreabrió la puerta mientras el corazón le iba a mil. La pareja se quedó pasmada.

–Berta no te asustes por favor. Soy Pablo, ¡encantado! No sabes las ganas que tenía de hablar contigo.- dijo levantándose y dándole la mano.- ¡Vamos Ana, no te quedes ahí!

         Ana se levantó muy deprisa y fue a darle la mano, pero una vez enfrente de ella, se puso nerviosa y sin pensarlo le dio un abrazo. Berta se quedó inmóvil, con todo el cuerpo flojo mientras Ana le abrazaba fuertemente. Le dijeron que sabían lo bloqueada que estaba y que habían decidido salirse de la novela para echarle una mano. ¿Quién mejor que ellos para resolver los giros de la historia y hacer que los personajes fueran más reales?

        Berta se quedó callada durante la primera media hora. Se bebió una botella y media de vino para sobrellevarlo mejor. No recuerda cómo, pero se quedó dormida en el sofá. Cuando despertó al día siguiente, Pablo y Ana no estaban. Había tres copas de vino encima de la mesa, una de ellas aún tenía la marca del pintalabios de Ana.

        Estuvo varias semanas dándole vueltas. Tenía miedo de contárselo a alguien y que le tomaran por loca. Al final decidió ir a un psicólogo. Aquel hombrecillo le escuchó durante toda la hora casi sin hacer muecas de asombro y cuando acabó la sesión le recomendó visitar a un psiquiatra. Berta se quedó bastante decepcionada pero igualmente pidió cita. Una semana después salía de su consulta con una receta de Haloperidol. Había tenido un brote psicótico por estrés que le había causado alucinaciones, o al menos eso dijo el experto. Tiró la receta en la primera papelera que encontró. Ella pensaba que la gente iba al psicólogo a confesar experiencias inusuales sin más, pero aquel hombre le había derivado a un loquero, a un loquero de los de verdad. Sin duda alguna, estaban compinchados y querían sacarle el dinero.

        Cuando llegó a casa encendió el portátil y siguió escribiendo como si aquellas visitas nunca hubieran ocurrido. Cuando ya estaba absorta en la escritura, escuchó algo por el pasillo. Pablo y Ana asomaron sus cabezas tímidamente por la puerta. Berta volvió a quedarse inmóvil, pero esta vez reaccionó más rápido:

–Por favor pasad, sentaros, estáis en vuestra casa, ¿queréis algo de beber?-dijo mientras ponía en orden los cojines del sofá.

***

     Los siguientes seis meses fueron muy intensos. Trabajaban alrededor de 12 horas diarias.  Al fin solucionaron el conflicto entre Pablo y Ana. Simplemente era un problema de autoestima de Ana, mezclado con la necesidad que tenía Pablo de controlarlo todo. Y a medida que avanzaban en la novela, sus problemas disminuían.

     Empezaron a divertirse. Salían los tres juntos de copas. A veces se les hacían las tantas en garitos de baile. Reían a carcajadas totalmente borrachos de vuelta a casa. Otras veces compartían momentos de sincera intimidad, cuando veían películas acurrucados en el sofá o cuando a Berta  le entraban momentos de pánico por la publicación del libro. Ana y Pablo le demostraron que podía confiar en ellos. Y Berta, desde luego que lo hizo.

     Su segunda novela tampoco fue gran cosa, pero todos los críticos coincidieron en que había un salto importante entre la primera y la segunda, lo cual empujó a Berta a seguir escribiendo. Sus historias cada vez tenían más personajes, su casa siempre estaba repleta de protagonistas de sus novelas y ya casi había perdido el contacto con sus familiares y amigos. Sus personajes le parecían mucho más divertidos, más liberados y con menos tapujos. Podía ser ella misma sin tener que cumplir las expectativas de nadie de su familia ni amigos.

      Sus libros fueron teniendo más éxito. En una entrevista le preguntaron cómo conseguía crear personajes tan complejos y ella respondió que hablaba a diario con ellos y los conocía muy bien. A pesar de su inocente honestidad, nadie lo interpretó literalmente. Pero sí hubo muchos rumores sobre sus ataques de locura, su abuso del alcohol y su afición a salir con amistades extrañas hasta las tantas. Nada de eso fue jamás confirmado. En realidad, da lo mismo si los rumores eran ciertos o no. La verdad, por muy ficticia que fuese, es que Berta  escribía sin descanso, sus libros eran bien recibidos por el público y siempre estaba rodeada de buenos amigos. Cuánto de ficción hubiera en ello, era totalmente irrelevante, al menos para ella y los suyos.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: