Sushi con burbujas

   Me había pasado toda la tarde de compras. Buscaba unos zapatos de terciopelo azul para mi hija Claudia. Tenían que ser del mismo color que los de de Manuel, pero no encontré ningunos. Tenía los pies destrozados de andar la calle Serrano arriba y abajo. En la urbanización  tenía la fama de llevar a mis hijos siempre perfectamente vestidos y lo cierto es que me encantaba.

   Mi marido estaba de viaje de negocios en Dubai y mis hijos se habían marchado con mis suegros a pasar el fin de semana en la casa de campo. Tenía el plan perfecto: copa de vino, baño de agua caliente, algunas velas y música relajante. Margarita, la interna, había dejado un steak tartar preparado, pero no me apetecía comer carne, así que  pedí sushi a domicilio mientras se llenaba la bañera.

   Sonó el timbre. Cuando abrí la puerta vi aquel asiático de rasgos exóticos. Bueno, quizás exótico no sería la palabra. En realidad era simplemente diferente, los ojos pequeños y rasgados, nariz chafada y el pelo negro de punta. Tenía los dientes algo torcidos. No soporto la gente con dientes feos y ya ni hablemos si están amarillentos. Pero no sé, la sonrisa de aquel japonés -¿o era filipino?- me despertó algo extraño.

   Yo llevaba una bata de raso beige y pude notar cómo me miraba de arriba abajo. No pensé que fuera tan sensual como para ruborizar a alguien, pero aquel hombrecillo desde luego que se puso un poco rojo. Hacía tanto tiempo que mi marido no me miraba así. En realidad creo que jamás me miró de esa manera.

   Me debí quedar pasmada mirándole porque me repitió “son 24,60€” varias veces hasta que reaccioné: “Sí, claro, claro… pase por aquí por favor”. No sé muy bien por qué le invité a pasar, pero lo hice. Cuando saqué la cartera del bolso, se abrió sin darme cuenta y todas las monedas cayeron rodando por el suelo. Él se agachó para cogerlas y le grité: “¡Déjelo! ¡Da igual!”. Me puse toda colorada, ¿Cómo podía ser tan torpe?

   Le di un billete de 50€ y me quedé observándole mientras sacaba el cambio de la riñonera. La verdad es que tenía los dientes un poco torcidos, pero eran blanquísimos. Sus labios no estaban nada mal. Quizás los de mi marido eran un poco más gruesos, pero los de este hombre eran más rosados, daban ganas de besarlos ¿Y si le besaba? ¡No, no! ¡Estaba loca de remate! ¿Cómo iba a besar al repartidor de sushi? ¿Y si me veían los vecinos? Aunque si cerraba la puerta un momento, quizás no sé, un beso rápido. Rápido pero intenso, de esos que te quedas atontada.

–Señora, tenga su cambio. Señora, perdone, señora, su cambio.–insistió el repartidor.

–¿Eh? Ah sí, sí… Mejor quédeselo.–dije avergonzada.

   Cerré la puerta y ahí me quedé. Pensando en el beso que no le di al repartidor de sushi. A veces aún me acuerdo de él. Cuando mi marido llega a casa me pongo la bata de raso beige pero no le arranco ni una pizca de la mirada que me dio aquel hombre. No entiendo muy bien por qué, si todo el mundo dice que estoy fenomenal para mi edad. Aunque pensándolo bien, creo que yo tampoco le he mirado así jamás. Supongo que estamos en paz.

   Desde entonces, cada vez que me quedo sola en casa, pido sushi, pero no ha vuelto a venir. He probado a hacer el pedido en otros restaurantes de alrededor por si se hubiera cambiado de trabajo, pero tampoco viene. Aunque en realidad lo que me gusta es pensar en ese beso que nunca le di mientras como sushi en la bañera, con una copa de vino, música y muchas velas.

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